“Morirse en la Raya”, crónica de Alfonso Morcillo sobre los días en la Contingencia

La crónica de lo que se vive en la Santa Julia en estos días de contingencia por el Covid-19

Por Alfonso Morcillo

Estamos desde hoy en parálisis de gobierno. No todas las áreas, como dijo el subse de salud. La policía, el ejército, la limpieza, la energía, la luz, el petróleo, la gasolina siguen sus labores. Los demás váyanse a sus casas, dijo el subse cuyo nombre de tanta repetición ni recuerdo.

¿Y cómo se vive encerrado? Si no tienes una cuenta para comprar en línea tu súper o el mercado, tienes que salir. Y así lo he hecho, no porque no la tenga, si no porque el servicio está saturado y porque tengo que sacar a mi perro cada tanto, porque no se la va a pasar meando mis libreros o muebles o cagando en el suelo.

Salgo a mi barrio, la Anáhuac, y acá parece en este jueves que nada ha pasado, la vida sigue normal y con eso quiero decir que la gente saca a sus perros como cualquier otro día, la camioneta que compra fierro viejo, lavadoras, refrigeradores, colchones, microondas se escucha. Los de la limpia hacen su separación. Los que viven de comprar desperdicio siguen abiertos. Las tienditas siguen abiertas.

Más adelante, que es adonde me dirijo, los puestos de frutas y verduras, tamales, periódicos, jugos, tacos de canasta siguen abiertos. El flujo de gente es normal. Las combis circulan como cualquier otro día. El mercado de la Santa Julia sigue abierto. Acá no hay muchos restaurantes, salvo El Canto de las Sirenas que está a un costado del circuito interior pero no llego hasta allá. Sólo quiero pollo y unas verduras, porque lo comprado el domingo ya se acabó.

Mantengo mi distancia con la gente, si viene por la banqueta bajo, si voy por la cale subo a la acera.

Los teporochos de la esquina cerca del mercado comparten su panalito de Tonayan, bebiendo todos del mismo gollete, todos ellos de más de 55 años, quizás diabéticos, pero siempre, siempre, sentados en la misma esquina desde temprano para curar su cruda y empezar otra peda, interminable, en su caso. Tres pachecos, estos jóvenes, los de siempre, comparten su churro, lo rolan según las normas pachequiles, por la derecha, un galo grueso y oloroso que parece que no va a tener fin rola por sus labios.

Enfrente del puesto de periódicos otra bandita de tepos y pachecos hace lo mismo, rolan los tragos y los porros, mientras dos o tres viejitos miran la noticia de la muerte de Nacho Trelles y sobre el coronavirus.

La de los zumos vende sus jugos de naranja y vasitos de jerez. La saludo de lejitos, así me saluda. Dos teprochines que le ayudan a poner su puesto me saludan, esperando mi saludo de mano, los saludo haciendo cuernos con la mano, no como el Peje ( Andrés manuel lópez Obrador) propone, poniendo la mano en el corazón, así sólo se saludará a los muy queridos, pero como lo propone el peje, prefiero saludar a mi gente con los codos o haciendo reverencias japonesas, pero no he visto a mi familia ni amigos y a mis compañeros de trabajo los he saludado con el codo y mantenemos nuestra sana distancia.

Hacía unos días le había preguntado a la de los jugos que si seguiría vendiendo. Claro, manito, aquí seguiré. ¿No te da miedo el pinche virus? Pos sí me da miedo, pero me da más miedo no tener qué comer, yo voy al día. Y es la misma respuesta que me dio la de las legumbres. Si no salgo, no vendo, si no vendo no como.

Y lo mismo me contesta el del pollo hoy. Seguirá abierto, no importa si le da el virus o no, seguirá abierto hasta que no venda. En tanto, veo que el huevo ha subido a más de 40 el kilo cuando estaba en 25 en promedio. La pechuga, pasó de 60 a 75, sólo por mencionar una parte del pollo. Las tortillas, que están al lado de la pollería, venden el kilo a 18, cuando estaba en 12.

Las verduras parecen estar en su precio de hace una o dos semanas. Compro cebolla y pimiento morrón. Con eso comeré dos días, primero porque el pollo no dura toda la vida y segundo porque no se puede vivir de latas de atún durante un mes, sin verduras que lo acompañen.

Así que tengo que salir. Todos tenemos que comer. Porque o morimos de coronavirus o moriremos de hambre.

Son las 10 y el sol calienta y alumbra como en una primavera típica. Yo visto una bermuda y una camisetita. Mi perro, Pepe, es feliz de salir, primero a las 6am y luego a las 10 y luego será feliz de salir a las 2pm y luego a las 6 o 7. Hasta para él había preparado sus croquetas y sus sobres, pero en algún momento se acabarán.

Regreso a casa y antes de tocar nada, luego de abrir, me lavo las manos, tomo una toallaa cn agua y cloro y “desinfecto” llaves, cerraduras y pomos de puerta, le limpio las patas al perro, lavo lo que acabo de comprar, me vuelvo a lavar las manos, me permito sacarme un moco y tallarme los ojos. Si el virus ha de dar, bueno, pues habrá de dar. Como no padezco diabetes, ni hipertensión, ni soy gordo ni viejo, pero como tengo cáncer en remisión, pues a lo mejor no me pasa nada. Eso pienso, y me pongo a trabajar, porque me cargan más la mano ahora que en la oficina. Varios libros me aguardan. Seguro habrá un momento en que pueda leerlos.

Mientras, en mi barrio, la vida sigue igual que antes. El virus quizá no mate sólo a los ricos, como dice el impresentable gobernador de Puebla, pero quizá, sólo quizá, a los pobres les da igual morir de un puto virus que morir de hambre, y de hambre no se morirán, morirán en la raya.

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