Fervor Guadalupano por Alex Saldaña Santana

Fervor Guadalupano

Por Alex Saldaña Santana *

Después de varios días de camino sus rostros se ven cansados. A pesar del inclemente sol de diciembre, ellos continúan con el paso firme y con un solo pensamiento: arribar a la Basílica de Guadalupe para “dar gracias a la Virgencita”, como reza la manta amarrada en la caja del único vehículo con el que cuenta la peregrinación, una camioneta color café ornamentada con cualquier cantidad de globos y escarcha tricolor.

La caravana se compone de tres etapas. Adelante van los ciclistas, decenas de jóvenes, quienes han pedaleado cientos de kilómetros encima de sus máquinas, algunos con la imagen de “La Milagrosa” en las espaldas.

La segunda etapa la componen personas adultas, hombres y mujeres que han hecho la promesa de visitar cada año el santuario guadalupano. Al frente, va la persona que transporta el estandarte del pueblo. En esta ocasión lo lleva orgullosamente un anciano a quien “la Virgencita le hizo un milagro”, según cuentan las demás personas.

Al último, va la camioneta donde llevan el agua, los alimentos, a los niños más pequeños y a algunos que han sufrido alguna lesión en el camino. El vehículo también les sirve como un techo improvisado al momento de dormir o al tomar un descanso, como en este momento.

Se reúnen en torno al automotor para tomar un poco de agua o comer alguna fruta mientras escuchan atentos las indicaciones de su líder.

La mayoría descansa, algunos se echan al pasto del camellón, otros se tienden bajo la sombra que les proveen sus cobijas que ahora penden de los árboles.

Minutos más tarde, el descanso termina. A algunos ya los había vencido el sueño a causa del cansancio, pero su fervor es más fuerte que su fatiga.

Faltando solo unos cuantos kilómetros para llegar a su destino comienzan a rezar y cantar. Y como si los cantos tuvieran un poder mágico, de pronto se les ve más reanimados.

Ya se distingue la colosal estructura de la Basílica, parece que la tradicional “manda” se conseguirá nuevamente. Ahora solo queda esperar para entrar al templo, rezar un momento y ver, aunque sea de lejos y por unos cuantos segundos, el Ayate Milagroso de Juan Diego.

Para algunos es la primera vez que asisten, otros ya llevan años asistiendo a la cita con la “Morenita del Tepeyac”. Cada año habrá nuevos milagros que harán que esta tradición continúe por siempre.

 

*Periodista

Este texto se escribió hace 25 años en el Taller de Prensa Escrita de la ENEP Aragón (hoy FES).

Su lectura es vigente cada vez más. La Redacción.

Foto Alex Saldaña Santana

 

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