Covid-19: Conciencia Colectiva, Porque Detrás Está la Gente

Crónica de los días en Puebla donde el coronavirus ya se instaló, publicada en https://www.parabolica.mx/2020/

(Álvaro Ramírez V.) De las guerras mundiales, en los países más devastados de Europa, sólo pudieron levantarse unidos. De las tragedias en México, como el terremoto de 1985, las manos extendidas fueron las que nos empujaron a la vida desde los escombros.

La emergencia por el Coronavirus, que llegó a México tres meses después de la detección del primer caso en el mundo, el 19 de noviembre de 2019, en una persona de 55 años -el paciente cero- en Hubei, provincia sin litoral de China Central, demanda que se despabile, en quienes tienen esa capacidad, la conciencia colectiva.

Y no está despertando mucho, hasta ahora, ni en el país ni en Puebla.

Eso se refleja al menos en las redes sociales y en los comentarios virulentos, de los muchos que escupen acusaciones y pierden más el tiempo en el denuesto a las autoridades, que en la organización comunitaria.

Cada quien lo asume como puede y le dicta su conciencia.

Pero ser tan reactivos, antes que organizados, nunca ha funcionado.

Por supuesto que el primero que ha dado evidencias de tener una escasa conciencia colectiva, esa preocupación por los demás, por el próximo, por el de al lado, ha sido el presidente Andrés Manuel López Obrador.

El tabasqueño, en su soberbia y necedad, hasta este pasado fin de semana, no ha sido prudente en sus giras.

Y parece que, a propósito, como niño emberrinchado, lo hace para causar molestia.

De no mucho sirve que, por las noches, los especialistas de la Secretaría de Salud ofrezcan información precisa y abundante sobre la pandemia que llegó a México el 27 de febrero, si él en las mañaneras desautoriza sus recomendaciones.

Hace exactamente lo contrario en su vida cotidiana.

Pero López Obrador, a pesar de ser el jefe de Estado y de Gobierno mexicano, no debe ser la única, la forzosa e indispensable referencia.

Por encima de él, ha venido surgiendo la organización de la sociedad y por ello, comienzan a ser tan lamentablemente significativas las muestras de desdén de algunas personas y sectores sociales.

En Puebla, por ejemplo, como en otros lugares, se han dado compras de pánico, entre quienes tienen la capacidad económica para atrincherarse detrás de cantidades descomunales de alimentos y artículos de higiene.

Han dejado vacíos los anaqueles de muchos centros comerciales.

No hay empatía con el otro, con el que poco o nada tiene.

La mayoría de la población vive al día y para ellos han quedado las sobras, si acaso.

Qué decir de las personas de la tercera edad, que en su mayoría en nuestra ciudad y en nuestro país carecen de poder adquisitivo y, encima, son el sector más vulnerable, pues los contagios y las muertes por la pandemia en el mundo se concentran entre quienes tienen entre 60 y 80 años de edad.

Qué podemos pensar de aquellos quienes, sabiéndose factor de riesgo, por haber realizado recientemente viajes de placer al extranjero, se siguieron paseando por la ciudad, por sus negocios o los gimnasios a los que asistían.

Que no disminuyeron las actividades de su vida hedonista, aunque estaban en la franja de convertirse en riesgo.

Pero que no se vea como un tema de lucha de clases ni de lucha de nada, porque la perversa inconciencia colectiva la hay en todos los estratos.

La pandemia viene de noviembre de 2019 y se ha acentuado en Europa desde hace más de dos meses. En México, tenemos 20 días desde el primer caso (hasta el cierre de este martes ya son 93 confirmados).

Deberían preocuparnos aquellos que solamente piensa en sí, sin importarles los demás.

Aquellos quienes suponen que la racionalización no les ocupa, porque “yo puedo tener más que los demás”.

Y resulta que muchos de ellos son los mismos que vociferan contra las autoridades y reclaman con vituperios y ofensas que no se decrete ya, de inmediato, el paro absoluto de actividades, gubernamentales, educativas, comerciales, económicas…

No les gusta ni les acomoda en sus pensamientos que se haya determinado que la Jornada Nacional de Sana Distancia comience hasta el próximo lunes el 23 de marzo y que llegue hasta el 19 de abril en todo el país, si entonces las condiciones permiten su suspensión.

Quieren ya. Exigen ahora. Gritan un de inmediato, porque si no, entonces los gobernantes son “unos pendejos”.

Pues no, la fecha tiene una razón de máxima utilidad y de preparación.

Se trata de, entre otras cosas, de no saturar el sistema sanitario, en caso de que haya muchos pacientes y no exista personal suficiente para atenderlos.

Se busca no detener el abastecimiento de alimentos y medicamentos, de un solo tajo.

Encuentra también una razón en lo que se ha llamado un “punto de inflexión”, respecto del número de contagios que, de cualquier modo se darán, pues muchos están ya en incubación, y que los sistemas gubernamental y económicos sigan la mayor cantidad de días posibles, antes de que el crecimiento, natural y geométrico que tendrá la pandemia, lo impida.

Aquellos que tienen las bodegas de sus casas llenas de víveres quieren el ya. Desean que todo pare.

Y entonces quienes viven al día, dónde se abastecerían, qué comerían, donde conseguirían los recursos económicos para adquirir lo poco que puedan, si todo se detiene.

La conciencia social va mucho más allá.

Nos hace falta también mayor profesionalismo en medios de comunicación.

No se puede alimentar el pánico con tal de ganar “la nota”.

Y es tan simple y se llama conciencia social.

Que no se nos olvide, detrás de todo eso, del precio del petróleo, de la cotización del dólar, de la riqueza, de la miseria y de la individualidad, detrás está la gente.

Y ésa es la única que importa. Así, tan en plural y tan en esencia.

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